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Creo que todos sabemos de quién estamos hablando. Se la conoce cuando te endurece una mañana, cuando te bloquea el paso al frente o un cambio de rumbo. Cuando te roba la sonrisa y te instala el ceño fruncido.

 

Pero también cuando no te deja salir o, por el contrario, te acompaña a una fiesta sin invitación. Te durmió un brazo o una pierna, pero no te dejó dormir a vos. ¡Y es que es tan diversa y compleja!

La trae el estrés y se aloja en el cansancio. Se hace amiga de la resignación y la sostiene la bronca: otra gran simuladora. El cuerpo se endurece para soportar y seguir. A veces tanto, que se deja de sentir y de repente pequeños esbozos de humanidad nos recuerdan que detrás de esa coraza está el dolor.

Y entonces, ante tremendo síntoma persistente, habrá quiénes crean que es un trastorno neurológico, otros un proceso neoplásico, como he visto muchas veces. Pero no, ¡es contractura!

Es malestar solidificado. Es carga energética instalada en la materia, es: la gran simuladora. Simula un problema, pero es la solución. La solución a nuestra vulnerabilidad, a nuestros miedos. La solución que encontró una consciencia desconectada de la Fuente para expresar su disarmonía e intentar resolver el problema en un plano que no es el adecuado.

La contractura nos dice que a la consciencia le pesa lo que vive, pero en vez de sanarse, lo deja a cargo del cuerpo para que haga lo que ella no puede. ¿Y entonces? Entonces, la Masoterapia, con su suavidad y sabiduría, nos aporta un bálsamo al cuerpo, impregnándolo de consciencia para que, en un baile amoroso, juntos, como siempre debió haber sido, vuelvan a tomar las riendas de la vida que habita en el interior del ser que sufre.

Porque sólo esa unidad es la que sanará cualquier contractura. Y ahora sí, la gran simuladora, pierde las máscaras, porque a la luz de la consciencia todo lo que es, ¡es!

 

 

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